miércoles, 11 de noviembre de 2015

Cuatro poemas de Charles Simic


PREGUNTA A TU ASTRÓLOGO

Mis estrellas son culpables de negligencia benigna.
No me procuran riquezas
pero tampoco incendian mi casa.
me han dejado a medio camino
entre la buena y la mala suerte.

Es una situación que no puedo tratar con ligereza.
Estoy nervioso. Miro sobre mi hombro.
Allí va un aprovechado
pisando las sombras de los peatones
como si fueran ratones escurridizos.

Tengo que entrar en una iglesia para evitarle.
A Dios, que se ha retirado
con sus heridas a un rincón,
ahí afuera el mundo es un enigma
que ni siquiera tú puedes resolver.

Después, sin peligro a la vista, corro a comprar
el periódico y leo mi horóscopo:
una ración de disgustos menores y pequeñas
satisfacciones, eso es lo que me toca esta semana,
a no ser, por supuesto, que mi astrólogo lo arruine.



EL BLUES DE LA MAÑANA NEVADA

El traductor es un lector atento.
Lleva gafas gruesas
mientras echa un vistazo por la ventana
hacia los campos y los arbustos nevados
que son como una hoja de papel
cubierta con rápidos garabatos
en un idioma que conoce lo suficiente
sin entender una palabra,

solo lo que los ojos ven
y el corazón en su lengua intuye.
Es tanto el silencio, ni siquiera el débil
susurro de una página volteada
en un diccionario blanco y sin palabras
para que el traductor aproveche
antes de que cualquier palabra
se vuelva oscura al llegar la noche.



AL DESTINO

Siempre fuiste para mí más real que Dios.
Montando el atrezo de una tragedia,
martilleando los clavos
con solo unos pocos amigos invitados a mirar.

Solo para parecer cercano hiciste coja a una chica guapa
y arrollaste a un niño con una moto.
Se me ocurren un montón de ejemplos similares.
Lo dicho: cómo ambos nos seguimos encontrando.

La máquina de chicles que predice el futuro en Chinatown
puede que tenga la respuesta,
una vieja y chirriante puerta abriéndose en una película de terror,
un paquete de cartas que olvidé en una playa.

Puedo sentir cómo te acurrucas a mi lado por la noche,
con tu aliento caliente –tus manos frías–,
y yo, como si fuera un piano antiguo colgado
de una ventana al extremo de una soga.



EL PAPEL DEL INSOMNIO EN LA HISTORIA

Los tiranos nunca duermen:
un apenado, severo
e imperturbable ojo
observa la noche.

La mente es un palacio
de paredes con espejos.
La mente es una iglesia en el campo
invadida de ratones.

Cuando llega el amanecer
los santos se arrodillan,
los tiranos alimentan sus perros
con pedazos de carne cruda.


De Mi séquito silencioso (Vaso Roto, 2014)
Traducción de Antonio Albors









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