domingo, 11 de marzo de 2012

Un poema de Robert Bly



EL INVIERNO SE ACERCA


I

Septiembre. Nubes. Primer día para usar abrigos.
El maíz se pierde en corredores oscuros,
cerca del pozo y de los murmullos de las tumbas.


II

Estoy solo, rodeado de espigas secas;
se acerca el rebrote del amaranto,
las hojas de maíz rasgan sus pies en el aire.


III

Las mazorcas estropeadas mienten sobre la tierra polvorienta.
Las mazorcas buenas se acomodan en la cesta, pero las otras,
extraviadas por el recolector, se quedarán sobre el suelo todo el invierno.


IV

La nieve vendrá y cubrirá las hojas de maíz
con copos infinitamente delicados, como joyas de una princesa gótica asesinada
que se perdieron hace siglos durante una gran batalla.

  
De Silence in the snowy fields

viernes, 9 de marzo de 2012

Tres poemas de Sharon Olds



LA ÉTICA Y LA MUERTE

No es algo malo su muerte.
Ni bueno, ni malo.
Queda fuera del mundo moral.
Cuando las enfermeras vacían la bolsa del catéter
y vierten el fluido ámbar y pálido
en una taza para medir, no hacen
algo bueno ni malo: es sólo
su cuerpo. Incluso cuando el dolor
crispa su rostro, su boca
cuando hace un chasquido,
su quijada al contraerse,
no son malos, no hay alguien haciéndoselo,
no hay culpa, ni vergüenza:
sólo placer o dolor. Es el mismo reino
del sexo, de los impulsos nerviosos,
un reino sin iglesia, en él lo besamos,
en él acariciamos su cabello pringoso,
su mujer y yo,
una a cada lado, secando restos
de saliva en sus labios blancuzcos.
Su cuerpo nos siente atenderlo
fuera del mundo de la moral,
como si le hiciéramos el amor en un bosque,
escuchando desde una pradera remota
los cánticos distantes de una asamblea:
gotas más pequeñas que las más pequeñas gotas de rocío
cubren su cuerpo cuando nos inclinamos a tocarlo.



EL MOMENTO EXACTO DE SU MUERTE

Era él cuando respiró por última vez,
mi padre, aunque hubiera cambiado tanto
que nadie que no hubiera estado con él
durante la última hora la hubiera reconocido:
su piel, corpórea, como grasa animal,
los ojos hundidos en la cabeza,
la nariz adelgazada, la boca abierta
con esa lengua dentro como afirmación de la muerte,
una lengua seca, ondulada, oscurecida.
Podíamos ver la flema
crecida al fondo de su boca,
pero aún así era él, los brazos enormes, pesados,
las manchas de sangre bajo la piel,
negras y precisas, hasta ahí lo acompañamos  
en cada paso, era él, su última respiración
fue suya, no inhalada como fruto del deseo,
pero suya, ligera como una semilla de algodoncillo,
huyendo de su boca y flotando en su habitación.
Y cuando la enfermera intentó oír su corazón,
su vientre plateado era su vientre,
y cuando se quedó parada
y asintió, por un instante era plenamente él,
mi padre, muerto pero él,
un hombre con la boca abierta y
manchas oscuras en los brazos. Parecía
alguien muerto en una lucha sin sangre:
tensos el cuello y la base de la cabeza,
como halando hacia atrás con violencia.
Parecía estar quedándose quieto, luego la piel
se tensó levemente alrededor de su cuerpo
como si lo puramente material lo reclamara,
y después, ya no era mi padre,
no era un hombre, no era un animal,
acaricié su cabello lentamente,
alzando mis dedos por sus ondas grises,
la materia sin vida y radiante,
la materia del mundo.



MUERTE Y HOMICIDIO


Intentamos mantenerlo vivo, lo cortamos,
lo entubamos, lo exprimimos, lo torturamos,
pero no vencimos,
la muerte lo tomó de nuestras manos, lo convirtió
en pura imitación de sí mismo.
Es el trabajo del homicida, te quita
la vista, el gusto, el tacto, el oído,
y pone en tu lugar esa cosa
igual a ti, incapaz de todo,
que todo lo soporta sin importarle nada,
como si no tuviera vergüenza,
como si al cuerpo no perteneciera
ningún honor. Cuando la muerte
se llevó a mi padre,
pensé en homicidios, entendí
que el asesino te obliga a irte
dejando atrás ese muñeco, réplica de ti,
como si fuera algo creado por él
hincado en las orillas,
moldeando la sumisión del barro.



De El padre (Bartleby, 2004)
Traducción: Mori Ponsowy